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Lagunillas

La calle es una cicatriz en mitad de ese maquillaje con el que se anda vistiendo Málaga. Es un tejido vivo y sangrante. Lagunillas.

Lejos de allí, camino con Paco Negre por una zona urbanizada hace cincuenta años. Mañana benévola de otoño. Llamamos a un portero electrónico y subimos en un ascensor moderadamente bamboleante. Nos abre la puerta de un piso luminoso Miguel Chamorro. Enfermo. Canoso, delgado, resistente. La resistencia y el combate forman parte esencial de este personaje. Él también ha sido esencial en la vida de esa calle de la que ahora vive apartado. El alma de Lagunillas, de su resistencia. De la negación a bajar los brazos y entregarse resignadamente al capricho de los acontecimientos, los especuladores o la desidia política.

El piso en el que nos recibe está lleno de cuadros. Obras de Miguel. La pintura estuvo en el origen de esa revolución social y cultural que representa Lagunillas. Llegado desde su Madrid natal, Miguel Chamorro se instaló en ese barrio que él ayudaría a transformar anímicamente.

Todo empezó un día en el que Miguel sacó a la calle un tablero en el que se puso a rematar uno de sus cuadros y unos niños se acercaron a curiosear. En aquellos tiempos el barrio se asfixiaba sin remisión acosado por varios frentes -droga, paro, desidia institucional-, unos tiempos en los que los niños de la zona estaban marcados para convertirse en carne de cañón. El tablero de Miguel fue el salvavidas para muchos de ellos.

En ese piso en el que trabajó los últimos meses de su vida, con la mirada puesta en sus cuadros y la mente en Lagunillas, Miguel nos fue contando a Paco Negre y a mí cómo la experiencia de la pintura se fue repitiendo día a día. Cada vez eran más los niños que se acercaban a mezclar colores y cada vez lo hacían de un modo más regular. Empezaban a descubrir que existía una realidad diferente a la que les ofrecía la calle. Miguel tenía la llave en su mano. Lo que hacía falta a partir de entonces era voluntad, valentía y pasión. Habilitó un local, se entrevistó con responsables del Ayuntamiento, pidió colaboraciones, llegaron los primeros voluntarios, muchas madres de los primeros chicos entre ellos. Nació la casa de los niños. Y los primeros treinta niños entraron en esa senda que les iba a descubrir otro mundo. Si al principio la pintura fue el reclamo, inmediatamente después vinieron los cursos de apoyo escolar, los talleres de lectura, de cerámica y naturalmente de pintura.

La voz se empezó a correr. Buscar a Miguel era la consigna. Su figura no era la de un profesor al uso, ni la de un tutor o un padre postizo. El inconformismo que animaba a Miguel conectó con esa rebeldía intuitiva y sin cauces que estaba en el adn del barrio y de muchos de sus habitantes. La no oficialidad. La sinceridad. La no desconexión con la realidad en la que estaban viviendo.

Atraídos por aquello que Miguel había puesto en marcha llegaron los primeros grafiteros. En un principio, los murales que Miguel y sus chicos realizaron tenían por finalidad tapar desconchones, fachadas abandonadas. Con el desembarco de grafiteros de otros rincones de la ciudad, de otras provincias y hasta de otros países, la fisonomía del barrio empezó a cambiar definitivamente. Lo que estaba ocurriendo bajo la superficie afloró. Un movimiento de abajo hacia arriba. Podría decirse que el verdadero Soho de la ciudad es éste. No había surgido en ningún despacho municipal, no encerraba otra estrategia que la supervivencia y la dignidad. Y además encerraba un proyecto social.

Asociación Fantasía en Lagunillas, campamentos de verano para aquellos niños destinados previamente al vagabundeo ocioso, visitas a museos, todo tipo de actividades culturales, siempre con la imaginación de por medio. Y lo más importante, la unión de los eslabones. La actividad de Miguel Chamorro no quedará como un fenómeno aislado. Algunos de los chicos que se beneficiaron de esa actividad pasarán al otro lado y colaborarán con Miguel como monitores, ayudando a las nuevas generaciones.

Miguel murió a las pocas semanas de la visita que le hicimos Negre y yo, lejos de Lagunillas. Su herencia permanece viva. Porque alrededor de Miguel, cerca, o al mismo tiempo, hubo gente comprometida. Gente del barrio o que acudió a él por la llamada de ese cambio y que desde el primer momento se prestó a colaborar, a reivindicar ese orgullo de Lagunillas, el orgullo de quienes pisan el asfalto y las aceras, de quienes vuelan raso y sueñan despiertos pero sueñan.

Concha, enfermera, mujer con cien radares, siempre apostando en la vida al cien por cien. Todo menos escamotear, todo menos sisar en los sentimeintos y en la búsqueda de la autenticidad. Ella fue quien colocó, quien incrustó, una pizarra en una de las paredes del barrio y cada día, o a cada golpe de aliento o de inspiración, escribía en ella un pensamiento, una arenga, un desafío para los adormilados del barrio. “La vida cuanto más vacía, más pesa”, dejó escrito en tiza. Y también en sangre. Más que una frase ingeniosa, es un propósito de vida, una brújula.

Paco Negre me lleva a conocerla en Las Camborias. Un bar que, como no puede ser de otra forma en la nueva versión del barrio, también es centro cultural y lugar de encuentro de los más inquietos lagunillos.

Por allí aparece Concha. Pura energía escondiendo un ramalazo de timidez en esta mujer a la que le gusta subirse a los escenarios teatrales, ponerse delante de las cámaras y meterse en otra piel, para dejar un poco atrás la suya, por un rato, aunque sólo sea para luego volver con más ímpetu. Ha colaborado en algún corto de Dita.

Dita es otro de los revulsivos de Lagunillas. Toda ella creatividad, cineasta de talento, artista plástica, trabajadora social que vino a establecerse en el barrio nada más captar la bocanada de libertad que transitaba por estas calles. “El futuro está muy grease” concluyeron Dita y Concha en los años más duros de la crisis. Y sobre esa base empezaron a actuar. “Si el país se hunde estamos preparados”. Preparados para afrontar el derrumbe con ironía, preparados para hacer frente a los poderosos y a la especulación.

Irreverentes, divertidas, solidarias, ellas, como Miguel Chamorro, se decidieron a tomar la calle para el propio barrio. Inventaron esa especie de República de Malaguistán, crearon una unidad operativa, Los Paseantes de Abuelas, para ayudar a los mayores que viven solos. Organizan verbenas, una alfombra roja paralela a la del Festival de Cine con Desfile de Batas incluido. Campanadas de fin de año organizadas el 30 de diciembre. Una cofradía para el barrio: Santo Cristo de los Descampados y Virgen Santa de los Solares. O la creación, según cuenta Concha, de una pista de sky.

– ¿Una pista de sky?, pregunta Paco Negre.

– Sí. Es nuevo. Lo inventé ayer.

Jugando a vivir. Haciendo equilibrio entre el hedonismo y la solidaridad.

Una solidaridad que en el barrio tiene otro nombre propio. Curro López. Indumentaria paramilitar. Tatuajes, pendiente, barbita recortada. Corpulencia impresionante. Quizás a alguien que se cruce con él en una calle desierta le infunda respeto. La peste de los prejuicios. Curro, ángel de la guarda de muchos necesitados, militante activo del PP. Eso sí, por libre. Ni siquiera puede decirse que sea un verso libre. Lo suyo es la poesía sin rima, verso quebrado.

Paco Negre me lleva a conocerlo al banco de alimentos que en la última década ha servido de sustento a  centenares de familias, a miles de personas. En los tiempos en que el barrio estaba cercado por la miseria, Curro y su mujer, de la que enviudó muy prematura y dramáticamente, pusieron en marcha una operación solidaria. La Navidad sacaba a flote la fraternidad y unas familias de gitanos andaban en la indigencia. Hambre para los niños. Curro y su mujer se pusieron en marcha. Se inició la dura pelea con la realidad, la roca de las instituciones, los recelos de algunos organismos destinados supuestamente a la ayuda de los necesitados. Parcelas de poder que no frenaron a aquella joven pareja.

Pasó la Navidad, pasaron once navidades más y Curro sigue disputándole día a día el terreno a la miseria. Es el lado menos festivo del barrio, el que se mide cuerpo a cuerpo con las necesidades primarias. A su alrededor, un grupo de voluntarios que distribuyen cuatro y a veces cinco toneladas de fruta a la semana. Y en la misma proporción, leche, arroz, pasta, legumbres, azúcar y hasta pescado recién traído de la lonja. Unión Europea, Estado, Junta de Andalucía, Ayuntamiento, de un modo o de otro Curro ha conseguido involucrar a todas las instancias en el proyecto.

Pocas bromas, poco juegos con la piedad y los cielos. El suyo es un proyecto laico, una solución, aquí y ahora, a los problemas terrenales. En sus brazos, por todo su cuerpo, los tatuajes, las cruces, son un recordatorio de sus dos guías fundamentales: Humildad y Paciencia. Dos herramientas con las que mover el mundo, con las que cada día, Curro y los suyos remedian lo que ni los cielos ni los políticos al uso pueden.

Ese es el laberinto, ese es el mapa, esos son, a vuelapluma, algunos de sus habitantes. Y ese es el marco en el que Paco Negre se ha venido desenvolviendo en los últimos tiempos, intercalando viajes al corazón de Africa o a las cumbres latinoamericanas.

Si Miguel, si Concha, Dita y Curro y todos sus voluntarios, sus grafiteros, han dado vida a una zona prematuramente declarada muerta, Paco Negre ha sido un testigo privilegiado de ese movimiento. Su cámara es el ojo que ha sabido posarse allí donde la realidad mostraba su flanco más humano. Donde la cicatriz de la especulación clamaba en silencio. Una realidad oculta a pesar de su escandalosa cercanía con la Málaga de moda. Quizás sea precisamente esa cercanía, ese valor inmobiliario, el que ha favorecido esa capa de silencio que las fotografías de Negre rompen y denuncian.

El arte, ahora por medio de las imágenes de Paco Negre, se alía de nuevo con un movimiento social. Lo interpreta y lo fija. Subjetivamente, como siempre es subjetiva la mirada que quiere darle a la realidad una nueva perspectiva, un nuevo sentido. Hacerla más profunda, más viva, detenerla en el tiempo desde un ángulo personal y creativo. La Lagunillas de Paco Negre probablemente no sea Lagunillas, pero es la mejor puerta para entrar en ella y comprender su desafío, su espíritu rebelde y su enorme carga humana.

Antonio Soler