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Tinku

¿Dos funerarias en una aldea de 1000 habitantes?

Macha, es una población del departamento de Potosí (Bolivia) situada en el centro de un área desértica. Unas decenas de construcciones de adobe, que las hace mimetizarse aun más con el paraje de los alrededores, rodean una plaza cuadrada en el centro de la villa. Un templete musical y una escultura ecuestre de Simón Bolívar con una bandera de Belgrano, blanca, azul y blanca, presiden el centro de la plaza. En una esquina la sub-alcaldía, con la bandera tricolor de Bolivia y la Wiphala, arco iris multicolor símbolo de los Aimaras y de los pueblos indígenas, herederos del imperio Inca y hoy en día reconocido como otro símbolo boliviano. En la otra esquina la iglesia y el cuartel de la policía. El jardín central de la plaza está rodeado de tenderetes de comida cubiertos con plásticos azules y otros donde se vende artesanía local.

En este escenario se librará, en unas horas, una de las batallas más violentas y sangrientas que en tiempos de paz y con motivo de una fiesta, pueda imaginarse.

Tinku –en quechua “encuentro”-, es una  fiesta en la que se reúnen los habitantes de los ayllus, comunidades que se originan en el asentamiento de una sola familia. Se celebra en varias poblaciones repartidas por todo el altiplano boliviano, siendo la que se hace  en Macha la más numerosa e importante. 

La fecha para el Tinku tiene que ver con la constelación de la Cruz del Sur o Chacana,  la estrella inferior de esa cruz llamada Acrux que marca el sur polar. El tres de Mayo la Chacana se puede ver en armonía en el cielo y en el calendario andino marcaba el nuevo año. En este tiempo las cosechas están recién realizadas y se daban las gracias a la Pachamama (tierra) devolviéndole algo de lo recolectado para asegurarse un futuro venturoso. Hoy en día, en Los Andes, nadie toma un trago de cualquier bebida sin antes derramar una parte a la Pachamama como agradecimiento.

El origen de la fiesta es confuso, desde los que piensan que era un divertimento, a modo de circo romano, que hacían los soldados españoles incitando a los campesinos a la pelea, hasta quienes  como el historiador local Tito Burgoa que data el origen en la época de los grandes señoríos prehispánicos de los Charcas y los Kara Karas y en el entrenamiento militar que  realizaban estos guerreros, a base de peleas a puño y pedradas.

En algunos lugares de los andes peruanos se realizan otros rituales de este tipo, ascendiendo a los glaciares en la festividad del Qoyllur Riti para recoger el agua pura, que fertilizará la tierra y a los propios participantes. En el Tinku,  sería la sangre derramada por los combatientes durante las peleas  y el sacrificio ritual “Wilancha” de una llama cuya sangre se ofrece a la Pachamama en los días previos a la fiesta, la que haría esa función.

Si este ritual ancestral, romántico, religioso, de ofrenda de la sangre a la tierra  ha existido con anterioridad no lo pongo en duda, pero lo vivido este año sólo ha sido la celebración de un encuentro por una multitud  borracha de  alcohol y  cegada por el odio.

A primera hora de la mañana del 4 de Mayo, Macha empieza a llenarse con las primeras comunidades que hacen su entrada en la plaza. El “Alférez” llega portando  una cruz de madera con un Cristo, representado solo por una cara, muy tosca, realizada en escayola o madera y cubierta por  la “Montera” -casco como el que usaban los soldados españoles-, un poncho,  bufandas de colores y la “Chuspa”, el bolso donde guardan las hojas de coca. Detrás, los músicos con las zampoñas y un charango que no pararán en todo el día de repetir la misma melodía “Jula Jula” como un mantra, las jóvenes “Imilla Wawas” ondeando la bandera blanca para purificar el ambiente  y los luchadores, que bailan y saltan dando vueltas en un circulo, en cuyo centro las mujeres cantan letras  que no dejan de ser mas que una mofa de las comunidades vecinas y rivales.

Después de dar una vuelta a la plaza la comunidad presenta la cruz en la puerta de la iglesia, pero tan solo unas decenas de participantes se quedaran para  la misa de las 11.

Aunque ya vienen borrachos desde los días anteriores, durante toda la fiesta no pararán de beber la “Chicha”, una especie de cerveza que hacen de forma casera fermentando sin destilar el maíz  y que tiene  una fuerte graduación alcohólica, y para rematar beben como si fuera agua el Singani, alcohol de uva de 70º.

La indumentaria tradicional de los hombres los identifica con la comunidad a la que pertenecen, la “Montera” realizada en  cuero y con la forma del casco de los conquistadores, se adorna con plumas de suri, las “Sicas“, son unas polainas de telas de colores, el “Waylla Wallya“ es una bufanda que se anuda en la cintura colgando hasta el suelo, simulando la cola de los caballos. En los  brazos y rodillas cuelgan cascabeles anudados con cintas y en las manos los “Ñuckus” puños de cuero con tachuelas metálicas para las peleas.

Las mujeres llevan el traje tradicional y es el sombrero el que identifica su estado civil, blanco para las solteras y muchos de ellos negros con una flor rosa para las viudas del Tinku.

Al mediodía, con la plaza abarrotada, comienzan las peleas en el ring oficial, un pequeño espacio que a duras penas consiguen abrir entre la multitud los veinte policías que se encargan del orden. La lucha es de uno contra uno y participan jóvenes, mujeres y ancianos. Cuando uno de los contrincantes cae al suelo, los separan, y si alguien intenta ayudar a algún combatiente, será repelido a latigazos por la policía. Hay veces en que la pelea se generaliza entre varios contendientes o entre comunidades completas y entonces son dispersados usando gas pimienta o bombas de gases lacrimógenos.

Esta pelea oficial, se realiza sólo en la esquina de la plaza, donde está el cuartel de la policía, en el resto del pueblo se celebra una batalla campal, sin ningún tipo de control y todos contra todos.

Mientras camino de un grupo a otro para ir captando las escenas, voy recibiendo continuas invitaciones para participar en la lucha  al grito de “gringo pelea”, mejor que me consideren gringo que español pues me da la sensación que nos “quieren” mas que a ellos, así que opto por hacerme el sueco, dar media vuelta y continuar por otro lado.

El gas pimienta produce unas molestias ligeras, picor en la garganta, estornudos.. que hay que soportar cada vez con mas frecuencia, no solo porque la policía lo usa con generosidad, sino porque al depositarse en el suelo se levanta con cada carrera de la gente o con los bailes de los Ayllus. Otra cosa bien distinta son los gases lacrimógenos, aunque trato de huir de ellos, sus efectos  terminan por atraparte y en una de las cargas policiales, entre una multitud que corre a mi alrededor  de pronto se abre un gran espacio y por él trato de huir, enorme error, el hueco lo ha producido el lanzamiento de una lata de gas  que en un instante pasa directamente a mis pulmones, durante un segundo dudo entre devolverlo a la policía  o seguir la carrera para llegar a una esquina y llorar todos sus efectos.

El enfrentamiento va subiendo de intensidad  al igual que el nivel de inconsciencia alcohólica y en las aceras o en medio de la plaza reposan cuerpos con la cara abierta por el efecto de los Ñuckus  o con las narices rotas y otros cuerpos a los que no me atrevo a acercarme para ver si solo están en  un coma etílico o lamentablemente en algo más irreparable.

Por la tarde me comentan que la pelea se trasladará al río, los puños se cambiaran por piedras y los brazos por hondas, pero a esa hora ya he visto  una buena dosis de violencia y brutalidad y estoy en el coche camino de Oruro.

Al día siguiente las autoridades   contarán que el Tinku se ha celebrado como todos las años, que la ancestral  tradición continúa con normalidad, mientras que  los cadáveres habrán sido enterrados discretamente.

Paco Negre